domingo, 14 de mayo de 2017

El miedo se apoderó de ti.


Habitas el miedo.
Solo el poder respirar el olor a la victoria te da el aliento.
No dejas de mirar desafiante a unos ojos que sufren la oscura agonía.
Amas ser poderoso.
No por el poder de tenerlo casi todo. 
Te causa un placer indescriptible escuchar sus voces marchitas.
Sentir sus pasos trastabillar en la duda y la angustia que asesina silenciosamente a todo.
Tu voz solo grita las maldiciones que ocultas en una sonrisa que parece inocente.
Pero no es así, solo amas el poder de escucharte y narrar tu osadía hasta que tú mismo le encuentras el odio.

Tu miedo tiene mi rostro.
Poco a poco fuiste cavando una tumba para mí nombre.
Y es tan oscura y fría que solo tú la habitarás por el resto de tus días.
Yo no tengo las cadenas que atan tu odio.
Es por eso que agradezco los golpes que me hicieron más fuerte.
Nunca fui más débil con el rencor que lanzabas como fuego del mismísimo cielo.
Yo solo conseguí refugiarme en el amor que todo lo puede.
Y ese amor me salvo de consumirse en un montón de dolores de angustia.
Nunca desaparecieron del todo las cicatrices que en un día marcaron mis pasos.
Pero ahora sé que son hermosos pretextos para sentir el cariño fraterno de la luz de un corazón lleno de alegrías.

Habitas el miedo.
Tu miedo tiene mi rostro.

Amo como no tienes idea no ser poderoso.
Seguiré recogiendo las flores marchitas.
Hasta hacer con ellas un perfume de rosas.
Y con ese perfume llenarte a ti. 

Poesía.
Miguel Adame vázquez.
14/04/2017.


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